Traslado de cartillas y materiales de alfabetización en lenguas indígenas

Traslado de cartillas y materiales de alfabetización en lenguas indígenas

Sebastián van Doesburg (UNAM/BIJC)

Boletín FAHHO Digital No. 1 (Sep-Oct 2020)



En el Boletín número 24, correspondiente a mayo-junio de 2018, se escribió sobre la producción de cartillas y otros materiales para la alfabetización en lenguas indígenas, durante buena parte del siglo XX, por parte del Instituto Lingüístico de Verano (ILV), institución religiosa fundada en 1936 y dedicada a la lectoescritura en lenguas indígenas, con el objetivo de divulgar las sagradas escrituras en todos los pueblos del mundo. De 1951 a 1979, esta producción se dio en el marco de una colaboración formal con el gobierno de México, el cual estaba interesado, por otras razones, en la pronta alfabetización de la población indígena de México. A lo largo de su existencia, los lingüistas del ILV produjeron una asombrosa cantidad de pequeños libros donde tocaron todo tipo de temas, desde vocabularios básicos ilustrados hasta explicaciones de microbios y los viajes a la luna, en casi todas las lenguas nacionales de México.

La Biblioteca Juan de Córdova tiene una importante colección, que consta de 1300 cartillas de alfabetización del ILV, de las cuales, unas 570 son del periodo de la colaboración formal con la SEP. Muchas de estas cartillas son peculiares o extremadamente raras, porque fueron impresas en tirajes pequeños y distribuidas en las comunidades, donde perecieron con el tiempo. Independientemente de las cuestionadas metas del ILV, o de la efectividad de su método, el conjunto de sus publicaciones representa el proyecto más ambicioso que se haya concebido para introducir la escritura en las lenguas locales en las comunidades. Creemos que, hoy en día, poseer esta colección en Oaxaca, el estado con mayor diversidad lingüística y mayor población hablante de todo el país, tiene mucho sentido. Una buena parte de los usuarios de la Biblioteca son hablantes de alguna de las lenguas de Oaxaca.

Cuando, en 2011, la Fundación Alfredo Harp Helú compró la casa y la biblioteca del abogado, literato y filatelista José Lorenzo Cossío y Cosío (1902-1975), ubicada en Coyoacán, Ciudad de México, se encontró, entre las colecciones, con un importante número de cartillas y materiales para la alfabetización. En total, se identificaron 541 publicaciones que complementan la colección en Oaxaca. Lo interesante es que las piezas provenientes de México son, sobre todo, de las primeras décadas del trabajo del ILV, o sea, entre 1940 y 1950, completando el material más tardío en Oaxaca. Hasta la fecha no queda claro cómo y por qué José Lorenzo Cossío y Cosío coleccionó estos pequeños y frágiles cuadernillos con tanto cuidado.

Cuando en el mismo año de 2011 se abrió la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova, en el exconvento de San Pablo, surgió la propuesta de incorporar la colección de cartillas recién encontradas al acervo en Oaxaca y conformar la colección más completa de cartillas y materiales para la alfabetización en México. Para nuestra biblioteca, esta compilación es la contraparte de una riquísima colección de 133 impresos y manuscritos en lenguas indígenas de México, que datan de la época virreinal y el siglo XIX. Juntas, conforman un reflejo y una memoria del papel de la escritura en lenguas indígenas en las complejas relaciones entre los pueblos indígenas y el Estado novohispano, decimonónico y posrevolucionario.

Sin embargo, en los años siguientes, ambas bibliotecas atendieron sus propias dinámicas y no fue sino hasta este 2020 que se decidió hacer el traslado de las piezas de la Ciudad de México a Oaxaca. En febrero, se trasladaron a Oaxaca los primeros 100 ejemplares y, a finales de junio, se trasladaron los 441 faltantes. Aunque las puertas de la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova están cerradas mientras dura la pandemia, se ha iniciado el trabajo de integrar las fichas del inventario al catálogo de la Biblioteca, con miras a futuros eventos y acciones que difundan esta excepcional colección entre el público. Desde la Biblioteca agradecemos a las personas de ADABI de México que hicieron posible esta expansión de la Colección de Cartillas y Materiales de Alfabetización en Lenguas Indígenas en Oaxaca.

El exconvento de San Pablo y la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova: Sumando historia a la historia

El exconvento de San Pablo y la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova: Sumando historia a la historia

Equipo de la BIJC

Boletín FAHHO Digital No. 3 (Ene-Feb 2021)



Detrás de la mole del magnífico teatro que hoy honra al compositor oaxaqueño Macedonio Alcalá se esconde una joya histórica de Oaxaca. Terminados los grandes muros del teatro, de repente se rompe la casi implacable regularidad de la traza hipodámica de la vieja Antequera y un callejón escondido da acceso a un espacio abierto al interior de la manzana. Grandes rejas de varillas de hierro entretejidas al rojo vivo, diseñadas por el maestro Francisco Toledo, recordado hoy por su inmenso amor a Oaxaca, sugieren que estamos entrando a un espacio demarcado y especial. Un piso enladrillado, intercalado con pasto verde, en combinación con los muros de cantera de una antigua iglesia del siglo XVII, hablan de un espacio antiguo, un lugar con mucha historia. De hecho, fue en este lugar donde los dominicos establecieron su primera sede en Oaxaca en el año de 1528. En aquel entonces no fue nada imponente. Testigos en una residencia de pocos años después declararon que había solamente un muro de adobe que rodeaba tres manzanas de la ciudad1 y una sencilla construcción de adobe en su interior, todo levantado por los pueblos originarios que estaban asentados alrededor de la nueva villa española. Esta primera iglesia y casa, con el nombre de Santo Domingo, probablemente ya tenía una capilla abierta con la advocación de San Pablo, reservada para la población indígena de los Valles Centrales.

Pero desde esta humilde fundación, la orden de predicadores proyectó con el paso de los años su dominante presencia por todo el sur de Mesoamérica, tan lejos como San Salvador y Honduras, con la excepción de la península de Yucatán donde predominaron los franciscanos. Ya a mediados del siglo XVI, la orden vio necesario solicitar el permiso a la cuidad de Antequera para hacerse de un nuevo espacio, dos veces mayor al primero, en la orilla norte de la ciudad, para una nueva sede. Desde el temprano siglo XVII, cuando los frailes habitaron esta sede, la primera quedó en la sombra y, en varias ocasiones, en ruinas. Por lo mismo, el mantenimiento y las reconstrucciones necesarias generaron problemas constantes que los frailes resolvieron vendiendo las esquinas del atrio y la mayor parte de la huerta para la construcción de casas; por ejemplo, la que es ahora el Museo Textil de Oaxaca, en cuya principal sala de exhibición aún podemos ver cómo colinda con el muro exterior de la Capilla del Rosario del convento. Debido a este proceder, el convento terminó encerrado al interior de la manzana, con solo unos callejones como accesos. Reconstruido varias veces a raíz de los frecuentes temblores, finalmente fue nacionalizado en 1860 y poco después, junto con el convento de San Agustín, vendido a particulares para crear un fondo con el cual pagar a los profesores del Instituto de Ciencias y Artes del Estado. Es por esta razón que ambos conventos son propiedad particular desde hace más de siglo y medio. En 1862 se abrió la calle de Fiallo, demoliendo una casa al lado del actual Museo Textil, más el ábside y la sacristía de San Pablo, y se cerraron los callejones de acceso, por lo que el antiguo edificio comenzó a desaparecer en la masa construida de la manzana.

Entre 2005 y 2011, en un proceso sumamente complejo que involucró a arqueólogos, historiadores, restauradores, arquitectos e ingenieros, la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca recuperó la mayor parte del antiguo complejo, juntando, poco a poco, las distintas propiedades que la constituían. Solo la nave de la iglesia quedó fuera del proyecto, ya que actualmente sigue siendo una casa habitada. Los trabajos arqueológicos cambiaron por completo lo que sabíamos de la historia de Oaxaca anterior a la ocupación mexica. Entierros, cerámica y muros de las fases anteriores, y de los inicios de Monte Albán revelaron que aquí existió, desde hace 2,800 años, un pequeño asentamiento de los ancestros de los actuales zapotecos. Sin embargo, el sitio parece haber sido abandonado en la etapa de Monte Albán I (antes de 100 a.C.).

En 2008 se abrió el Museo Textil de Oaxaca, en la llamada Casa Antelo y, en 2011, se abrió el complejo conventual recuperado, este útlimo como la nueva sede de la Fundación, integrando diversas funciones culturales en sus espacios. Desde el día de su apertura se ha posicionado como un hito cultural y una atracción turística en el centro de Oaxaca, donde propios y extraños buscan un momento de distracción con un café, descubren la historia del antiguo edificio y, con ella, la de la ciudad, se reúnen para enseñar, aprender y reflexionar, o acuden a disfrutar de alguna de las actividades constantes.

El convento y su iglesia no estaban destinados al servicio de la población española, sino a la conversión de la población indígena alrededor de la ciudad. Por lo mismo, en la capilla de San Pablo se predicaba en mixteco, zapoteco y en náhuatl, y desde aquí los dominicos coordinaron sus importantes estudios sobre estas lenguas indígenas de Oaxaca. A la vez, el convento incluyó lo que probablemente fue la primera biblioteca de Oaxaca. Hoy, algunos de los libros de esta biblioteca se conservan y están incorporados al acervo de la Biblioteca Francisco de Burgoa de la UABJO, y se les reconoce por la marca de fuego de San Pablo en su canto.(2) Actualmente, no sabemos dónde estaban precisamente estos libros en el exconvento de San Pablo, pero la historia del antiguo convento y su biblioteca fue una inspiración para crear, en el edificio restaurado, una biblioteca moderna dedicada a la historia cultural y a las lenguas de los pueblos de Oaxaca: la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova de la FAHHO. Este repositorio de información sobre Oaxaca abrió sus puertas en agosto de 2012. En los ocho años de su existencia la biblioteca ha recibido a un poco más de ochenta mil usuarios.

A pesar de su escenario histórico, es una biblioteca del siglo XXI que combina entornos físicos y virtuales. Al ampliarse lo físico con lo digital, la biblioteca se vuelve un repositorio de información que sirve a diversos públicos en Oaxaca y alrededor del mundo. Es un espacio acogedor y multicultural, coordinado por bibliotecarios profesionales y multilingües (hablantes de español, mazateco, mixe, triqui, inglés, entre otros) que ayudan a orientar a los usuarios a encontrar la información que necesitan. En un día normal, los usuarios de la biblioteca pueden ser estudiantes universitarios que necesitan un lugar inspirador en el centro de la ciudad para estudiar, delegaciones de comunidades indígenas que buscan información sobre sus pueblos o investigadores internacionales que trabajan en colecciones especializadas.

La colección de la biblioteca tiene un fuerte enfoque hacia la historia cultural de Mesoamérica y posee importantes acervos de arqueología, historia, lingüística y antropología. Son particularmente notables sus materiales históricos sobre la ciudad y el estado de Oaxaca, sus colecciones de textos en lenguas indígenas de México (especialmente oaxaqueñas) que van desde 1555 hasta la actualidad.

El nombre de la biblioteca evoca el pasado del exconvento como un centro de estudio de las lenguas oaxaqueñas: Fray Juan de Córdova fue autor de una gramática del zapoteco del siglo XVI y de un extraordinario vocabulario de este mismo idioma, se hospedó en este convento cuando llegó por primera vez a Oaxaca y décadas después murió entre sus muros. Las distintas salas de la biblioteca llevan los nombres de otros personajes históricos que visitaron o vivieron en este convento, por ejemplo, el especialista del náhuatl en Oaxaca del siglo XVII, fray Nicolás de Rojas, el gramático del mixteco del siglo XVI, fray Antonio de los Reyes, y Luis de León Romano, el erudito italiano de mediados del siglo XVI que impulsó importantes obras públicas en la ciudad de Oaxaca, y que fue enterrado en la iglesia del convento.

Entre los manuscritos e impresos especiales encontramos las colecciones y fondos históricos sobre Oaxaca, como las de don Luis Castañeda Guzmán y don Luis Fernández del Campo, pero también los archivos de destacados investigadores como John Paddock, Emily Rabin, Irmgard Weitlaner Johnson y Thomas Smith-Stark. Entre los materiales que resguarda la biblioteca podemos encontrar fotografías de pueblos indígenas de mediados del siglo pasado tomadas por Irmgard Weitlaner Johnson, antropóloga pionera en el estudio de textiles; el pasaporte que el joven gobierno mexicano expidió en 1829 a Claudio Linati, el hombre que introdujo la litografía en México, para “voluntariamente” abandonar el país por su visión demasiado crítica. También se conserva uno de los pocos textos —el más bello— redactados en la lengua chiapaneca, hoy extinta; el reglamento de prostitución de Santa María Oaxaca alias El Marquesado, de 1907; un vocabulario de la lengua náhuatl, impreso en 1555 por Juan Pablos, el primer impresor de la Nueva España; el primer folleto del Homenaje Racial de 1932; tres hojas del famoso Códice [de] Yanhuitlán, cuyas otras hojas se conservan en el Archivo General de la Nación y en la Biblioteca José María Lafragua, de Puebla; los planos elaborados por el arquitecto Francisco Tort para la fábrica textil de San Agustín; un voluminoso sermonario de 1614 impreso en náhuatl por Cornelio Adrián César, un huérfano nacido en el sitio español de Haarlem (1574) en los Países Bajos, que ilegalmente llegó a la Nueva España en la flota del nuevo virrey de 1595 y quien se convertiría en el impresor más importante de la Nueva España a finales del siglo XVI y temprano siglo XVII. O una de las colecciones más grandes del mundo de cartillas y materiales de lectoescritura en lenguas indígenas producidos durante el siglo XX.

Siguiendo el clásico perfil de las bibliotecas de investigación, la Juan de Córdova entrelaza la información (sus colecciones) con la investigación y la cultura. Entre sus proyectos de investigación, frecuentemente llevados a cabo en cercana colaboración con comunidades tradicionales, mencionamos el estudio de los dos lienzos de Santa María Zacatepec que derivó en una gran exposición en el Centro Cultural San Pablo (2012) y, posteriormente, en la comunidad misma. La colaboración incluyó una variedad de maneras de difundir los resultados entre la población: la conformación de un grupo de teatro, una visita al Museo Nacional de Antropología y otros eventos en la comunidad.

Con la comunidad triqui de San Andrés Chicahuaxtla se creó una exposición sobre su héroe Hilarión (2014), quien vive en la memoria oral de la comunidad como un hombre legendario que luchó al lado de los triquis en los conflictos de haciendas azucareras.

La biblioteca trabajó durante varios años en el registro de las distintas tradiciones antiguas alrededor del consumo del cacao. Oaxaca es una de las regiones más ricas en este tema, con tradiciones, técnicas y gustos de gran antigüedad, pero esta diversidad de usos y recetas es poco conocida. Y para dar un último ejemplo, en colaboración con comunidades de la Mixteca Baja, se curó una gran exposición sobre el estilo ñuiñe que caracteriza a las inscripciones y ciertos objetos de la época clásica (400- 800 d.C.) de esa región. Esta exposición de 2016 surgió del estudio del legado de John Paddock, quien, en la década de 1960, fue el primero en identificar este particular estilo iconográfico. Las investigaciones de la biblioteca generan conocimientos que son continuamente transformados en exposiciones que viajan por comunidades de todo el estado.

La biblioteca también ha sido coorganizadora de grandes eventos culturales y académicos. Entre 2011 y 2015, en el mes de diciembre, se realizó la Posada del Cacao en la que mujeres y hombres de distintas comunidades viajaban a la ciudad de Oaxaca para compartir sus tradicionales bebidas de cacao con los visitantes. Las posadas incluían una calenda, música, conferencias, exposiciones y una degustación, tuvieron tal éxito, que se rebasaba el aforo del atrio de San Pablo.

En cuatro ocasiones (2012, 2014, 2016 y 2018)3 la biblioteca fue la sede del Coloquio sobre Lenguas Otomangues y Vecinas, un encuentro bianual que reúne a especialistas e interesados en las lenguas habladas en Oaxaca. Este es, por mucho, el evento más importante sobre las lenguas de Oaxaca ya que atrae a especialistas y activistas de la conservación y revitalización de las lenguas.

El COLOV es un evento académico y a la vez cultural. Las conferencias se entremezclan con exposiciones, conciertos y otros eventos en los que las lenguas de Oaxaca son el tema central.4 Es la principal ocasión en que activistas y oaxaqueños interesados pueden conocer e interactuar con investigadores de otras latitudes. La biblioteca ha organizado, junto con la Universidad de Massachusetts-Amherst, el INALI, el CIESAS y la UNAM, una serie de seis talleres para hablantes de lenguas otomangues y oaxaqueñas, tres dedicados al análisis de tono (2012-2014) y tres más dedicados a gramáticas pedagógicas (2015-2017). Estos talleres reunieron a hablantes de estos idiomas con algunos de los principales lingüistas de lenguas tonales y gramáticas pedagógicas del mundo. En 2018 la biblioteca fue coorganizadora de la sesión anual de la Sociedad Americana de Etnohistoria en Oaxaca, la segunda ocasión en que esa sociedad decide hacer su evento anual en México.

Las actividades de la biblioteca también incluyen las publicaciones. Ha participado en la edición de libros especializados y para primeros lectores de lenguas indígenas. También ha incursionado en las publicaciones digitales, de las cuales la más importante es Satnu: repositorio filológico mesoamericano que incluye cientos de textos digitalizados en zapoteco, mixteco, chocholteco y otras lenguas indígenas que se produjeron durante el Virreinato. En este proyecto participan, hasta ahora, el Archivo Histórico Judicial de Oaxaca, el Archivo General del Estado de Oaxaca y el Archivo General de la Nación. Recientemente, en colaboración con la Endless OS Foundation, la biblioteca alberga el proyecto Endless Oaxaca Multilingüe que utiliza el sistema operativo Endless basado en Linnux para ayudar a reducir la brecha digital que, lamentablemente, caracteriza a Oaxaca. Otra colaboración importante de la biblioteca se da con el Centro Profesional Indígena de Asesoría, Defensa y Traducción, A.C. (Cepiadet), asociación de abogados bilingües que defiende los derechos indígenas y lingüísticos. Entre las numerosas actividades conjuntas, destaca la publicación en línea de Ndiya, sitio dedicado a la orientación sobre el pluralismo jurídico y diversidad lingüística.

A la par de las actividades anteriores, la biblioteca busca mejorar el nivel de sus servicios mediante la contratación de personal profesional, la constante capacitación del personal, no solo de la bibiblioteca, sino de las que así lo requieran, además de la construcción de sistemas autónomos de servicios digitales. Para lograr estas funciones, fue cofundadora de la Red de Unidades de Información de Oaxaca (RUIO) en la que participan unas dieciséis bibliotecas, y se ha dedicado a construir —siempre buscando alianzas y sinergias— la plataforma de información digital de la FAHHO, basada en programas de código abierto que permitan la independencia de los sistemas.

Como dato curioso, durante los años de 1834 y 1860, el Instituto de Ciencias y Artes del Estado estuvo ubicado en el convento —todavía propiedad de los dominicos—, por lo que arriba de una de las puertas de la actual biblioteca puede leerse el rótulo “Aula de Derecho”. Sin duda, detrás de esta puerta daba sus clases el licenciado Benito Juárez, en aquellos años catedrático de Derecho Canónigo. En estos espacios se formaron los pensadores liberales que años más tarde implementarían las Leyes de Reforma, dando inicio al Estado laico moderno. El edificio de San Pablo siempre tuvo una vocación educativa y de investigación, aunque obviamente determinada por la particular matriz social en la que funcionaba. Para el siglo XXI, la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova retoma este hilo histórico, pero esta vez desde una visión en la que los pueblos y naciones de Oaxaca son reconocidos como los actores históricos que fueron en la conformación de la actual sociedad diversa y contrastante de Oaxaca y de México.

Notas al pie

1 Originalmente, los dominicos tenían tres manzanas, su propiedad llegaba hasta la actual calle de Xicoténcatl. La última manzana, entre Melchor Ocampo y Xicoténcatl, se regresó a la ciudad cuando adquirieron las seis manzanas para su nuevo convento en la década de 1550. Hasta 1862 las dos manzanas restantes quedaron juntas, por lo que la actual calle de Fiallo topaba con una casa que existía al lado de lo que hoy es el Museo Textil de Oaxaca. Frente a la actual Proveedora Escolar había un muro que escondía la parte restante de la huerta del convento, ahora un jardincito público.
2 Esta marca de fuego dio pie al logo del Centro Cultural San Pablo.
3 En estos años la Posada del Cacao recibió un importante apoyo por parte de Chocolate Mayordomo, a cuyos dueños les agradecemos su generosidad.
4 En cada una de sus ediciones, el COLOV ha recibido importantes aportaciones de instituciones como el INALI.

Haciendo memoria, recuperando memoria

Haciendo memoria, recuperando memoria

Autor: Sebastián van Doesburg (UNAM/BIJC).

Boletín FAHHO Digital No. 3 (Ene-Feb 2021)



En su pintura Le Destin (El Destino) de 1896,1 Henry Siddons Mowbray (1858, Alejandría, Egipto – 1928, Washington, Connecticut) nos ofrece una alegoría bastante heterodoxa de nuestras vidas. En un lenguaje visual con referencias estilísticas al renacimiento italiano, a la pintura académica francesa de la época (estudió pintura en París durante varios años), y con un sabor al prerrafaelismo inglés, el pintor crea una misteriosa escena en colores opalescentes y antinaturales. El nombre de la obra vuelve claro que aquí debemos descifrar una metáfora, pero la fuente no es obvia.

A la derecha, una enigmática mujer alada con corona de estrellas,2 algo fantasmal tras un matiz azul, provee los hilos dorados con los que otras dos bordan un tapiz de estilo medieval de caballería. Intuimos la referencia al hilo de nuestra vida creado por las tres Moiras, diosas griegas que rigen el destino humano: hilan, miden e, inevitablemente, cortan dicho hilo. Las tijeras en la mano de la mujer a la izquierda quizá la identifican como la Moira Átropos, pero no queda claro quién, de las otras cuatro mujeres, representa a Cloto, la que hila (y la que inventó el alfabeto griego) y a Láquesis, la que mide el destino. No hay duda, sin embargo, de que el tapiz es donde el hilo del destino borda las escenas de nuestra vida. El pintor nos presenta una metáfora de nuestra vida con referencias incompletas de un mito donde predomina el enigma, por lo que la verdad velada solo podemos intuirla. En ella, el símbolo del tapiz nos explica que los trazos y patrones mayores de nuestra vida solo se manifiestan con el tiempo, al pasar los hilos pacientemente por la urdimbre de nuestras decisiones.

Recurro a esta metáfora para contar los años de trabajo en los diversos proyectos de la fundación de Alfredo Harp Helú y de María Isabel Grañén Porrúa. Después de casi veinte años puedo vislumbrar, ya a la distancia, los diseños que el hilo de mi vida en Oaxaca ha ido tejiendo. En este tiempo pude iniciar y acompañar un número de proyectos culturales muy variados que hoy forman parte de la estructura de la Fundación. Y en cada proyecto me supe acompañado de amigos y colegas que aportaron su visión, conocimiento y sensibilidad.

Desde mi niñez viví el intenso interés de mis padres por la conservación de la ciudad antigua donde nací. Los grandes proyectos de “modernización” de la década de 1970, que causaron enormes daños en la ciudad, y la férrea resistencia de buena parte de la población —entre ella mis padres—, despertaron en mi la consciencia de que la conservación de una ciudad histórica no es solo la protección de edificios, sino también la respetuosa gestión de espacios públicos y claras políticas de movilidad sustentable — sueños aún lejanos en Oaxaca—. Así que —para seguir con las metáforas textiles— uno de los hilos conductores3 de mi trabajo en la Fundación ha sido el de la restauración de edificios y espacios históricos.

En 2001 iniciamos, los arquitectos Enrique Lastra, Benjamín Ibarra Sevilla y yo, la restauración de la Casa de la Cacica de Teposcolula, una construcción ruinosa y abandonada en las orillas del pueblo, pero que constituye lo que aún queda de un extraordinario palacio de seis cuerpos, morada de los descendientes de 8-Venado Garra de Jaguar, y testimonio de la explosión creativa que se dio en medio del drama que fue la colonización de la Mixteca. Este singular palacio, construido por un arquitecto mixteco que estaba buscando un nuevo lenguaje visual que mediara entre los dos mundos, fue parte de la refundación de Teposcolula a partir de 1552. La sala del trono, aposento del discurso tradicional del poder, fue —por lo mismo— construido en el más estricto estilo prehispánico, mientras que en las habitaciones privadas se incluyeron elementos nuevos como una chimenea, ventanas con molduras renacentistas y puertas de medio punto. El trabajo de rescate y restauración, minuciosamente documentado, nos llevó a reconocer plenamente las obras originales de arquitectos mixtecos del siglo XVI por toda la Mixteca Alta y a cuestionar el concepto académico meramente pobre de “tequitqui”. Hoy, este palacio es una pequeña biblioteca infantil.

Casi al mismo tiempo trabajamos en la restauración de la Casa de Visita, en San Miguel Tequixtepec, construida después de 1563, en la que los arquitectos chocholtecos interpretaron el lenguaje arquitectónico de los dominicos de Coixtlahuaca en materiales, técnicas y gustos locales de una estética llamativa y única. Estas casas de visita, construidas por la población local, sirvieron para alojar a los frailes en sus visitas a las comunidades y, para muchos pueblos, eran expresiones de la feroz competencia con las construcciones que se estaban levantando en las cabeceras y, a la vez, signos de cierta independencia política.4

En 2003 la Fundación emprendió la restauración de una bella casona oaxaqueña incrustada en lo que eran los terrenos del Oratorio de San Felipe Neri: la Casa de la Ciudad, espacio donde se contempla el pasado y el futuro de la urbe, y donde la Fundación desarrolló su estilo particular de restauración arquitectónica y urbana.

Hoy, esta línea de restauración ha llegado a la madurez con el trabajo del Taller de Restauración, bajo el liderazgo de Gerardo Virgilio López Nogales. En 2004 inauguré allí la primera exposición con una serie de extraordinarias vistas de la ciudad de Oaxaca que datan de 1875, realizadas por el fotógrafo Teobert Maler, desconocidas hasta entonces por estar mal clasificadas en los archivos del Instituto Iberoamericano de Berlín. En este mismo año, la Casa de la Ciudad fue la sede del Seminario de la Ciudad Histórica Actual, donde hablaron y conversaron grandes arquitectos y urbanistas como Jaime Lerner (Brasil), Joseph Acebillo (España), Mario Canti (Italia), Juan Miguel Hernández León (España), Paolo Ormindo de Azevedo (Brasil), Huig de Neef (Bélgica), Michael Meschik (Austria), Eusebio Leal† (Cuba), Rogelio Salmona† (Colombia), Teodoro González de León† (México) y otros destacados especialistas mexicanos. Tuve el privilegio de dirigir la Casa de la Ciudad hasta el año de 2010.

Desde este espacio se trabajó, de nuevo junto con el arquitecto Enrique Lastra, el rediseño de la Plazuela de la Cruz de Piedra, donde la antigua ciudad de Oaxaca colindaba con el pueblo de Xochimilco del Marquesado, un remanso de paz desde que, en 2009, se cerró al paso de los coches. Hoy en día, el encanto de este rincón de Oaxaca es obvio. Su ejecución por parte del municipio permitió que, en 2015, se conectara esta parte con el Zócalo mediante el proyecto municipal de rediseño de la calle de García Vigil y la parte norte de Macedonio Alcalá.

En 2005 inicié, con el arquitecto Gerardo Virgilio López Nogales, el proyecto de recuperación de San Pablo, el primer convento de Oaxaca, y, a la vez, con el arquitecto Juan José Santibáñez, la restauración/ reconstrucción de la Casa Antelo, un edificio de dos pisos que un rico comerciante había construido en la huerta del convento. En este segundo edificio se inauguró, en 2008, el Museo Textil de Oaxaca, uno de los proyectos favoritos de María Isabel Grañén Porrúa. Por otro lado, redescubir los innumerables secretos y detalles del antiguo monasterio completamente olvidado y absorbido por construcciones posteriores fue una aventura y un desafío sin igual; el diálogo con las propuestas arquitectónicas de Mauricio Rocha Iturbide —quien se incorporó en la segunda fase de la obra— fue una experiencia contemplativa de la cual aprendí mucho. En el proceso se recuperaron —tras los estudios arqueológicos e históricos— casi tres mil años de historia de Oaxaca, cambiando definitivamente nuestro conocimiento del pasado.5 En 2011, la Fundación inauguró aquí sus nuevas oficinas. A mi parecer, esto no fue solamente la restauración de un edificio, sino la creación de un espacio peatonal a cielo abierto al interior de la manzana que sirve como un oasis en el bullicio de la ciudad. De hecho, intuitivamente, diría que el punto central del proyecto no está dentro de los edificios, sino en la pequeña plaza triangular frente a ellos.

En estos años coordiné, con la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH y otros restauradores, la restauración de retablos en Tejupan, San Bartolo Yautepec (todo un desafío, ya que habían sido sobrepintados con pintura oro de Comex), San Juan Bautista Coixtlahuaca (con el World Monuments Fund y el INAH), Suchixtlahuaca, Teotitlán del Valle, Santa María Cuquila, Teotongo, Tataltepec y varias otras comunidades. Fue esta convergencia la que hizo posible adoptar un retablo desechado en la sierra norte para la Capilla del Rosario de San Pablo, donde de nuevo luce.

Sin embargo, estos proyectos no fueron lo que inicialmente me trajo a Oaxaca. Un día, hace muchos años, un egiptólogo, esposo de la maestra de griego y latín de lo que sería el equivalente a la secundaria que cursaba, nos hizo el favor de dar una clase sobre la escritura egipcia. Así que desde que tenía 14 años supe que el estudio de otras escrituras complejas y la filología eran los temas que me interesaban. Llegué a Oaxaca, ya hace más de treinta años, para estudiar su increíble patrimonio documental. Fue por este tema que coincidí con María Isabel Grañén Porrúa, en la Biblioteca Francisco de Burgoa. Habiendo sido formado en las intersecciones de la historia y de la filología, los documentos pictográficos y los documentos escritos del siglo XVI fueron mi entrada a Oaxaca.

Este otro hilo conductor en mi vida profesional lo comparto también con queridos colegas en Oaxaca y México. Y aunque buena parte del trabajo académico en este tema lo he desarrollado en la UNAM, la Fundación ha sido un espacio importante desde el cual he emprendido acciones reales por la conservación de este patrimonio —constantemente amenazado por robo y descuido—, más allá de su uso para la investigación. Se logró parar la venta de documentos robados (por ejemplo, los dos lienzos de Santa Cruz Papalutla); se recuperaron documentos vendidos indebidamente al extranjero (por ejemplo, la Doctrina Christiana en Lengua Chinanteca de Santiago Xoxocotepec, de 1755, ahora en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia); se regresaron otros a Oaxaca para ponerlos a la disposición de los investigadores y de las comunidades de origen (por ejemplo, las tres hojas del Códice Yanhuitlán, el Lienzo de Ayautla —con el entonces Secretario de Cultura Rafael Tovar y Teresa— y el Fragmento Dorenberg); se ayudó a varias comunidades a conservar sus documentos de manera más profesional y segura (por ejemplo, los lienzos de Nativitas y Tulancingo) y se denunció en varios momentos la venta en casas de subasta de documentos robados. Durante años, trabajé todos los sábados en la limpieza del archivo municipal de Teposcolula, como parte del proyecto de rescate de archivos municipales de la Fundación y de ADABI de México.

Como consecuencia de esta línea, en 2012 abrió sus puertas un nuevo proyecto en las recién terminadas instalaciones del Centro Cultural San Pablo: la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova (BIJC), la cual codirijo al lado del filólogo y lingüista Michael Swanton y en estrecha coordinación con María Isabel Grañén Porrúa. La biblioteca articula servicios y acervos académicos con proyectos culturales, sobre todo los que tienen como propósito promover las herencias culturales de Oaxaca y México. Además de ofrecer servicios bibliotecarios, sus actividades abarcan eventos, exposiciones, cursos, investigación académica y protección del patrimonio cultural. Las exposiciones colaborativas con Santa María Zacatepec sobre la interpretación de sus lienzos (2012), o con Chicahuaxtla, relacionada con la memoria del héroe-bandido Hilarión (2014) fueron experiencias que marcaron el camino para un programa de intercambio de exposiciones con comunidades por todo el estado. Desde sus inicios, la BIJC ha buscado ser una biblioteca del siglo XXI, con personal tanto de formación profesional en bibliotecología, como con arraigo en la realidad lingüísticamente diversa de Oaxaca. Consecuentemente, la BIJC ha intentado indicar el camino hacia la época digital para la Fundación.

Entre los acervos de esta biblioteca destacan colecciones familiares para el estudio de la historia de la ciudad de Oaxaca o de los cacicazgos indígenas de la época virreinal.6 Además, la BIJC incorporó los legados de varios investigadores sobre temas de la historia cultural y lingüística de Oaxaca, algunas por compra y otras por donación.7 Finalmente, incluye una de las colecciones más extensas a nivel nacional de impresos y manuscritos en lenguas indígenas de México, cuyas fechas van de 1555 hasta la actualidad.

En relación con este último tema, uno de los proyectos principales y favoritos de la BIJC ha sido la creación del repositorio digital interinstitucional dedicado a la documentación virreinal escrita en lenguas indígenas de México (satnu.mx). Las exitosas tradiciones de escritura en varias lenguas durante la época colonial son un hecho poco conocido. El sitio fue creado con el objetivo de difundir su existencia y estimular su estudio. Allí se pueden encontrar cientos de textos virreinales escritos en mixteco, zapoteco, chocholteco, chontal y náhuatl de Oaxaca, purhépecha y náhuatl de Michoacán, otomí y matlatzinca. En 2019 se formalizaron con la UNAM dos seminarios con grupos de hablantes de mixteco y zapoteco para trabajar en la lectura, comprensión y traducción de los antiguos textos.

A lo largo de los años, miles de personas han encontrado en estos espacios y sus proyectos la información, el respaldo o la inspiración para hacer a su vez numerosos proyectos, desde la profesionalización individual hasta el impulso de proyectos comunitarios.

Y al ver ahora a la distancia las figuras que fui tejiendo, entiendo que todo esto tiene que ver con mi propia manera de descubrir lo único que es Oaxaca. Su increíble diversidad biológica y cultural, su singular historia de fuertes culturas y comunidades indígenas con profundas raíces bien ancladas en una manera extraordinaria de entender el mundo, regadas en las sierras alrededor de una ciudad española hegemónica, que convive con ellas pero nunca las quiso. He tenido singulares experiencias para conocer la cultura mesoamericana en sus expresiones vivas y confieso que no siempre fui plenamente consciente del privilegio que se me brindaba. Después entendí que “cultura” no es más que una forma socializada, funcional e histórica de tejer los hilos de la vida, de crear sentido y dar significado a la existencia humana. Entendí que la mesoamericana es una de aquellas grandes culturas —o significadores— del mundo, pero —por la situación colonial— también una de las menos entendidas, por lo que su relación con el mundo no-indígena ha sido enormemente compleja a lo largo de cinco siglos, dejando en el camino, quizás por esto, miles de textos y documentos que sutilmente enlazan las palabras de hoy con el mundo del pasado y revelan la larga trayectoria de conocimientos, técnicas y formas de vivir. Creo que siempre fue este viaje de descubrimiento personal el que quise compartir y explicar a través de los proyectos iniciados en la Fundación.

En la pintura de Henry Siddons Mowbray el tiempo fluye de derecha, donde surge la fuerza cósmica y los hilos de la vida, a izquierda, donde la Moira Átropos gira su mirada hacia una bola de cristal mientras mantiene su mano con tijeras en el tapiz. Ya está la figura del tapiz bordada, pero solo ella puede saber cómo y hasta dónde se puede seguir metiendo la trama entre los hilos de la urdimbre.

El Necronomicón: la importancia del libro

El Necronomicón: la importancia del libro

Autor: Maria Luisa Bocanegra (BIJC).

Boletín FAHHO Digital No. 5 (May-Jun 2021)



Sus inmensas bibliotecas conservaban
innumerables textos y grabados que resumían
toda la historia de la Tierra

H.P. Lovecraft

Las bibliotecas contienen en sus acervos un universo que puede ser secreto, no por el hecho de no ser accesible, sino porque, en algunas ocasiones, no es visible, ya sea por no contar con catálogos o porque las colecciones no están organizadas o inventariadas. En este sentido, las obras del escritor estadounidense Howard Phillips Lovecraft transcurren entre bibliotecas, y son los libros raros –aquellos de los que se conocen pocos ejemplares–, precisamente, los más representados en su narrativa de horror.

El autor creó la historia de un libro que será el más citado, por él y otros autores de literatura fantástica, y en torno al cual se fue creando un mito en relación con su existencia verdadera, de modo que motivaría que los libreros se vieran asediados por los pedidos, así como por la búsqueda febril de los anticuarios de esa misteriosa obra nombrada Necronomicón. El libro es mencionado por primera vez en 1922 en el relato “El sabueso”, y sería el mismo autor quien, en 1927, escribiera la historia de este libro, claro, desde la ficción literaria.

La historia del Necronomicón encaja en la de los libros prohibidos, censurados y hasta de los que nunca existieron, esto es, textos a los que no tenemos acceso y que hoy forman parte de una incógnita, de un enigma. Según Lovecraft, el título real del Necronomicón es Al Azif, en árabe. Se trata de una obra escrita alrededor del 730 a. C. en Siria por un árabe, Abdul Alhazred. Poco se sabe del autor —según la historia— que en su peregrinar encontró la locura y la muerte en Damasco, donde escribió el Necronomicón, tras descubrir fabulosas ciudades y haber encontrado los secretos de una raza más antigua que la humanidad, base de la
mitología de Cthulhu.

Si la imaginación de Lovecraft no abundó en los procesos de organización de las colecciones, en algunas ocasiones sí proporcionó ciertos puntos de acceso, lo que permitió, por ejemplo, que en Argentina se produjera la broma de catalogar el célebre libro, hecho que narra Sebastián Gatti: “Una vez me contaron que Jorge Luis Borges, concibió hace muchos años la travesura o el homenaje de incorporar al fichero de la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires la tarjeta correspondiente al Necronomicón”. Otro caso es el de Rafael Llopis, quien cita un artículo de August Derleth, The Making of a Hoax”, en el cual advierte sobre las diversas descripciones del Necronomicón y sobre el cual muchos lectores empezaron a insertar anuncios en diversas secciones y catálogos de librerías especializadas. Como ejemplo este anuncio, aparecido en el año 1962:

Alhazred, Abdul. Necronomicón. España, 1647.
Encuadernado en piel algo arañada, descolorida, por lo demás buen estado. Numerosos grabados madera símbolos y signos místicos.

Parece tratado en latín de magia ceremonial.
Ex libris. Sello en guardas indica procede de
la Universidad de Miskatonic. Mejor postor.

Según Rafael Llopis, estudioso de la obra de Lovecraft, el libro ha sido solicitado continuamente en las bibliotecas públicas. En 1960 se descubrió en el archivo de la Biblioteca General de la Universidad de California, la siguiente ficha:

BL430
A47B
Alhazred, Abdul – aprox. 738 d. C.
NECRONOMICÓN (Al Azif)
de Abdul Alhazred.
Traducida del griego por Olaus
Wormius (Olao Worm)
xiii, 760 págs., grabados madera, enc.
Tablas, tam. fol. (62 cm.)
(Toledo), 1647.

Esta tarjeta catalográfica es plausible, ya que la sección BL430 de la biblioteca está dedicada al origen de las religiones y la segunda letra, B, corresponde a un armario cerrado donde se guarda la colección especial. Acorde con lo expuesto, podemos entrever que, en la obra de Lovecraft moran algunos elementos propios del ordenamiento bibliográfico, lo que ha estimulado el sueño de la existencia de libros imaginarios en catálogos de bibliotecas y librerías.

El caso del Necronomicón es fiel reflejo de estas insinuaciones y asociaciones de ideas que sirven como catalizadores para hacer real lo irreal.

http://lluisot-necronomicon.blogspot.com/

La luz de la milpa: arte en vidrio

La luz de la milpa: arte en vidrio

Autor: Sebastián van Doesburg (UNAM/BIJC).

Boletín FAHHO Digital No. 6 (Jul-Ago 2021)



I

En el llamado Templo de la Cruz Foliada, una de las tres construcciones levantadas por K’inich Kaan Bahlam II de Lakam Ha’ (actualmente la zona arqueológica de Palenque), y consagrada en el año de 692, se encuentra una alucinante representación del maíz enjoyado, el símbolo del dios Unen K’awiil, personificación de la deidad del maíz joven y el más importante de los tres patronos de la ciudad. Se trata de una hermosa manifestación de la planta sagrada de Mesoamérica.

A un lado de este eje cósmico se representó a K’inich Kaan Bahlam como niño de seis años y, al otro, como adulto que recibe el poder. El texto relaciona el nacimiento místico de Unen K’awiil con la manufactura de su imagen para ser depositado en el templo mismo, generando un paralelismo con la vida de K’inich Kaan Bahlam.

Esta imagen del maíz divino, árbol de la vida y axis mundi refiere a esa conexión entre lo humano y el milagro de la domesticación del maíz, origen de las culturas mesoamericanas. Aquí se plasmó este logro traducido en términos sagrados para ubicarlo en nuestra consciencia: nos recuerda que el maíz es el eje del mundo mesoamericano.

II

A inicios del año 2016, María Isabel Grañén nos alentó con entusiasmo a explorar maneras creativas de mejorar la iluminación al interior de la biblioteca. La intersección de las pandas norte y este, donde se conectan los distintos espacios de la biblioteca, siempre estaba un poco en penumbra, característica nada recomendable para un lugar de lectura. Con el propósito de resolverlo nos acercamos al artista vidriero Christian Thornton, del Estudio Xaquixe de Etla, para trabajar conjuntamente en un elemento que aprovechara un balcón que da hacia la calle de Fiallo, cerrado permanentemente por el problema del ruido y polvo de la calle.

En una de mis visitas al taller, Christian me mostró unos relieves de mazorcas en vidrio que había trabajado como experimento con el maestro Toledo. Quedé muy impresionado por su hermosa textura. Desde entonces, nuestra idea fue hacer un trabajo figurativo que honrara al maíz mesoamericano, el sustento milenario de las distintas culturas que siguen vivas, y vigente en la alimentación y que permanece. El tema viene muy a propósito, ya que nos encontramos en el área donde se inventó la escritura en América y el sitio donde se domesticó el maíz.

Después de experimentar con distintas ideas, la decisión final fue representar una milpa a escala real mediante el vaciado del vidrio en un molde de arena caliente. Sin embargo, el tamaño de la pieza convirtió esta propuesta en un formidable desafío, ya que no había un horno tan grande en Oaxaca; y se estimaba que requeriría unos 350 kilos de vidrio fundido y que tendría que vaciarse a mano en una sola sesión. La pieza tendría que enfriarse lentamente en el transcurso de dos semanas para evitar la acumulación de estrés en el vidrio. Técnicamente, era una locura.

Luego de construir el primer horno, durante julio y agosto de 2016, Christian comenzó los ensayos con distintas mezclas de vidrio. La primera pieza estuvo lista en noviembre de 2017 y su estado fracturado evidenció el grado de dificultad del proyecto. Después de mejorar el horno, y de varios intentos adicionales —que nos llevaron a la desesperación y la duda de si esta pieza era posible—, finalmente se creó la definitiva, misma que fue instalada en la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova el 15 de diciembre de 2020. Esta magnífica pieza de vidrio enriquece el entorno reflexivo de la biblioteca. Su luz difusa ilumina de manera tenue el espacio. La planta del maíz, colocada como eje en un plano de contraluz, rodeado de sombra, adquiere una centralidad imponente y la conecta con las grandes culturas mesoamericanas del pasado y presente.

 

 

San Pablo: 10 años, 25 siglos y una exposición en camino

San Pablo: 10 años, 25 siglos y una exposición en camino

Autor: Demián Ortiz (BIJC).

Boletín FAHHO Digital No. 9 (Nov 2021)



 

Este mes se cumplen diez años de que el antiguo convento de San Pablo abriera sus puertas al público transformado en un lugar de encuentro con el conocimiento, la cultura y el arte. Ha sido un periodo tan lleno de vivencias y actividades, que resulta abrumador considerar que se trata tan solo del más breve y reciente capítulo de una historia colmada de sucesos y cambios.

¿Cómo podemos saber acerca de lo que sucedió en este lugar con el paso de los siglos? ¿Quiénes estuvieron aquí antes que nosotros? ¿Qué tan antigua es esa historia?

Cabe recordar que hacia el año 2005 el edificio del exconvento se hallaba oculto, fraccionado e irreconocible detrás de fachadas añadidas, arcos tapiados y muros sobrepuestos. Solo algunas personas informadas sabían que en esa zona del centro había estado el primer convento de Oaxaca, pero los detalles que se conocían de esa historia eran vagos e inconexos.

Durante los siguientes seis años, a la par que se llevaba a cabo la restauración, se desarrolló una amplia investigación con el objetivo de conocer la historia y características del edificio. El historiador Sebastián van Doesburg, al frente de un numeroso grupo de profesionistas, localizaba e interpretaba documentos y testimonios, mientras el arquitecto Gerardo Virgilio analizaba las evidencias que presentaban los muros y cimientos que se iban liberando, así como las escasas representaciones del convento en planos de la ciudad. Un tercer equipo se afanaba en el subsuelo: arqueólogos y antropólogos físicos —especialistas en reconstruir el pasado a partir de sus evidencias materiales— localizaron antiguos pisos, cimientos y tuberías; también hallaron una gran diversidad de objetos que, por azares del destino (o por voluntad de sus poseedores), quedaron enterrados, así como restos óseos de personas y animales.

Toda la información recabada, y su posterior análisis, resultó fundamental para orientar las decisiones y soluciones del proyecto de restauración. Además, permitió conocer muchos detalles acerca del lugar que ocupó San Pablo en la historia del Valle de Oaxaca, primero como sede de los dominicos y parroquia de los pueblos nahuas, mixtecos y zapotecos de los alrededores de Antequera y, posteriormente, como sede del Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca.

Se pensaba que las excavaciones arqueológicas revelarían testimonios acerca del establecimiento del convento. Si acaso, que se encontrarían vestigios relacionados con el pueblo de Huaxyacac establecido por los mexicas en el siglo XV. Pero lo que nadie imaginó fue lo que sucedió: se localizaron cimientos de piedra, entierros y ofrendas de cerámica que datan del año 500 antes de Cristo, la misma época en que Monte Albán estaba siendo fundada en lo alto de un cerro.

Así, las investigaciones que se realizaron en torno a la restauración de San Pablo vinieron a enriquecer e incluso a cambiar la historia conocida del centro de Oaxaca. Pero, además, permitieron recuperar una gran cantidad de objetos en los que esa historia se vuelve tangible. Esas piezas se estuvieron limpiando, restaurando e inventariando, mientras San Pablo iniciaba su nueva vida como espacio cultural. Luego permanecieron resguardadas hasta que, recientemente, la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova inició gestiones ante el Instituto Nacional de Antropología e Historia para recibirlas en préstamo y generar una exposición que permitiera compartirlas con el público.

Estos meses en que la emergencia sanitaria ha obligado a un cambio de actividades, nos han permitido disponer del tiempo suficiente para reunir y analizar nuevamente toda la información y los registros, para luego diseñar y producir un proyecto expositivo en el que estaremos compartiendo una selección de las piezas recuperadas junto con algunas fotografías e información que las contextualice.

Los objetos de cerámica, que datan del 500 al 300 a.C., resultan piezas muy bellas que nos remiten a las prácticas funerarias, a los paisajes y a las formas de subsistencia de esa época. Además, se vinculan a un replanteamiento acerca del rol que tuvieron las comunidades del centro del Valle de Oaxaca en la fundación de Monte Albán y en los primeros siglos de su desarrollo.

El siguiente periodo con evidencias es el Posclásico Tardío, cuando el centro de poder zapoteco en el Valle se había trasladado a Zaachila y había asentamientos mixtecos y mexicas en la zona. Los pocos objetos recuperados nos permiten especular que el área donde se asienta San Pablo era en esa época, posiblemente, una zona poco poblada, quizá un área de cultivos del muy cercano pueblo de Huaxyacac.

Vinculados al siglo XVI y a la fundación del convento dominico se encontraron objetos de cerámica, figurillas y monedas que nos hablan de una época de contacto, mezcla y sustitución entre la cultura material de los recién llegados europeos y la de los pueblos que vivían en el Valle. En cambio, las piezas localizadas correspondientes a los siguientes dos siglos remiten por completo a la vida conventual y a los inmuebles que poseían los dominicos.

Del siglo XIX tenemos un interesante conjunto de objetos que refieren a una ciudad de Oaxaca con un rol protagónico en la vida política nacional y vinculada comercialmente con el mundo. Estos objetos son un vínculo tangible y entrañable con la historia. En particular, podemos observar los procesos diversos, importantes y antiguos que ha vivido el área del actual centro de la ciudad. La exposición se colocará en el interior de la biblioteca, en donde tenemos libros y documentos que son el complemento ideal para construir un conocimiento sobre el tiempo pasado y el presente de las culturas que han conformado al Valle de Oaxaca.

Tan pronto abramos nuestras puertas nuevamente al público, les estaremos informando para que, con las medidas de seguridad adecuadas, puedan disfrutar de tan magnífica exposición que preparamos para ustedes.